NUESTRA ESPIRITUALIDAD

Consiste en vivir una verdadera vida de unión con María Santísima, en «seguir el camino que siguió el Señor para venir al mundo, que sigue usando y que usará», en asemejarnos a Jesús haciéndonos esclavas de amor por su Madre: «Esclava de María es cualquier alma fiel, incluso la Iglesia universal».

 

 

VIVIR UNA VERDADERA UNIÓN CON MARÍA

Por tanto, si establecemos la sólida devoción a la Santísima Virgen, es sólo para establecer más perfectamente la de Jesucristo y ofrecer un medio fácil y seguro para encontrar al Señor. Esta devoción nos es necesaria para hallar perfectamente a Jesucristo, amarlo con ternura y servirlo con fidelidad.

La espiritualidad de consagrarnos a Jesús por medio de la Virgen nos exige vivir como leales apóstoles del Señor en el cumplimiento de las Bienaventuranzas, de sus preceptos y consejos, de su doctrina y todas sus palabras, pues Ella misma lo pide: «Haced lo que Él os diga». Por eso el fundamento de nuestra espiritualidad es Cristo mismo, su vida, sus obras y su Voluntad. María es el medio más seguro, fácil, corto y perfecto para llegar a Jesucristo y nosotras lo hemos escogido porque Ella nos enseña a vivir:

PILARES DE LA CONGREGACIÓN:

Son los principios en los que está fundamentada toda nuestra espiritualidad y carisma; ellos constituyen los cimientos sobre los cuales se edifica la Congregación y son elementos que no deben cambiarse ni reducirse bajo ningún motivo, ya que conforman la esencia de nuestra identidad y aquello que nos mantendrá fieles a lo que Dios quiere de nosotras.

  1. Amor a la Eucaristía

«¡Oh Sagrado Banquete, en que Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de su Pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura!». (Santo Tomas de Aquino)

La Eucaristía es el centro y la Vida de nuestra existencia y de la Congregación; es la fuente de todas las gracias que recibimos, el origen de donde proviene todo don que precisamos para ser fieles, la esencia del Carisma; es lo más importante que poseemos como consagradas.

Nuestra manera de corresponder al amor y al sacrificio de Cristo inmortalizado en la Santa Eucaristía es por medio de nuestra adoración perpetua- Por eso, trabajamos por la propagación de la adoración perpetua en la Iglesia para evitar que nunca esté Solo y nosotras, como imitadoras de María, le consolamos estando junto a Él al pie de su cruz en cada Sagrario.

Nuestra adoración perpetua la vivimos con un espíritu de reparación y desagravio al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María, por la indiferencia con la que es tratado Nuestro Señor en este divino Sacramento y por todo aquello que es causa de su pasión.

  1. Amor a la Virgen

Este pilar nos identifica principalmente con nuestra espiritualidad, y trata sobre el amor que le debemos a nuestra Madre, quien «mientras es predicada y honrada atrae a los creyentes hacia su Hijo y su sacrificio, y hacia el amor del Padre»; quien se nos fue confiada por el Señor en la cruz para que nos dejáramos amar por Ella y, de nuestra parte, consoláramos, reparáramos y cuidáramos su corazón Inmaculado.

NO DESCANSAREMOS HASTA QUE MARÍA REINE EN EL MUNDO

Es nuestro ideal hacer que todas las almas la conozcan y la amen, no descansar hasta que Ella reine en el mundo entero porque solo así vendrá el reinado de Jesucristo. Movidas por esta razón, estamos dispuestas a llevar a todos los continentes esta espiritualidad, para que, conociendo el mundo la magnitud del amor de la Virgen por nosotros, ame su corazón Inmaculado y reconozca la infinita bondad de Dios al dárnosla por Madre y a Él  se le dé toda alabanza, gratitud, honor y gloria.

  • Amor a la Verdad y al Santo Magisterio

Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y en definitiva de conocerle a Él,  para que conociéndolo y amándolo pueda alcanzar también la verdad sobre sí mismo. Jesús es la Verdad, y de ahí el amor que le tenemos a ella. Impulsamos en las hermanas el deseo de amar la búsqueda de la formación y de adherirse a las verdades que a través de ella se trasmiten, por ello se les estimula en todas las etapas de nuestra vida consagrada a practicar la virtud de la estudiosidad, creando en ellas el hábito permanente de estar formándose porque nadie ama lo que no se conoce; se conoce a través de la formación recibida y a quien se quiere conocer es a Dios, porque en eso consiste la vida Eterna en conocer al Padre y Aquél a quien Él ha enviado (Jn 17, 3).

La fuente sobre la que está basada nuestra formación es el estudio de estas tres columnas de la Iglesia (las Sagradas Escrituras, la Sagrada Tradición y los documentos del Magisterio) porque resulta evidente que “según el designio sapientísimo de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tiene consistencia el uno sin el otro, y que, juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas” y nos hacen conservar la unidad indispensable que debemos tener con nuestra Madre la Iglesia y sin la cual resalaría imposible mantenernos fieles en nuestra vocación y en el fin de la Congregación.

  • Amor a la Cruz

«La cruz ha venido a ser para nosotros la cátedra suprema de la verdad de Dios y del hombre. Todos debemos ser alumnos de esta cátedra en curso o fuera de curso. Entonces comprenderemos que la cruz es también cuna del hombre nuevo».

Nuestro amor a Jesús crucificado nos mueve a corresponderle, queriendo amarlo de la misma manera como Él nos amó, dejando todo aquello que nos impida estar más unidas a Él, negándonos a nosotras mismas con radicalidad para entregarnos totalmente a su servicio por medio del amor, del sacrificio, la oración y la penitencia.

NUESTRO AMOR A JESÚS CRUCIFICADO NOS MUEVE A RESPONDER CON AMOR

Porque «la cruz se transforma en símbolo de esperanza» la llevamos con alegría y confianza en la divina Providencia, y con humildad nos disponemos a sufrir todo lo que el Señor permita, sabiendo que no seremos probadas más allá de nuestras fuerzas, y que en todas las manifestaciones de la cruz en nuestra vida debemos permanecer como niñas en sus brazos, amando y soportando con paciencia y magnanimidad sus divinos designios.

  • Amor al Papa y a los sacerdotes

Nuestro celo apostólico es, principalmente, por el Papa, los obispos y los sacerdotes. Ellos son, como dice San Juan María Vianey, el amor del Sagrado Corazón de Jesús y de María; de ahí, que merecen toda nuestra entrega en la plegaria y en el sacrificio que ofrendamos. Ellos llevan la tarea más eminente, exigente y principal en la Iglesia y necesitan que nuestra vida de holocausto, consumida en unión con Cristo, crezca cada vez más por la misión que desempeñan. Son los hijos predilectos de la Virgen María y nosotras hemos de considerarnos, sobre todo, esclavas de amor por ellos y por la obra inmensa de evangelización que Dios les ha confiado. Son también para nosotras –como madres de la Iglesia– hijos predilectos por los cuales hemos de donarnos día y noche como hostia viva por su santificación y salvación.

  • Amor a la Santidad

«Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre Celestial»

Es la llamada continua que escuchamos de Nuestro Señor Jesús. Como consagradas del Padre, debemos configurar nuestra vida con la de su Hijo en todo y vivir en la búsqueda permanente de la santidad. Es nuestro deber imperioso dar respuesta al llamado que hemos recibido y a la responsabilidad que tenemos para con el Cuerpo místico de Cristo.

BUSCAMOS LA SANTIDAD

Es necesario acoger el llamado de San Juan Pablo II: «Sed luz y consuelo para toda persona que encontréis. Como velas encendidas, arded con el amor de Cristo. Consumíos por Él, difundiendo por doquier el Evangelio de su amor», para que la Iglesia sea servida con la dignidad que merece la vida consagrada que hemos abrazado.

«La necesidad de este testimonio público constituye una llamada constante a la conversión interior, a la rectitud y santidad de vida de cada religiosa»

  • Amor a la Misión

¨Id por el mundo entero y predicad el Evangelio»

Debemos ser apóstoles incansables para llevar a todas partes el Evangelio.

Nos apremian las tierras de misión, las almas que mueren sin conocer el amor de Dios, sin ser bautizadas, sin incluso escuchar su Nombre. Nos atraen hacia ellos los pueblos más necesitados, las gentes que padecen un sinfín de dolencias, los obispos que están precisando religiosas que les ayuden en su inmensa labor apostólica, las naciones que viven como abandonadas porque nadie o muy pocos son los que acuden a misionar en ellas.

EL EVANGELIO DE JESÚS DEBE CONQUISTAR EL MUNDO

No tenemos miedo de ir a todo rincón de la tierra, a los lugares más pobres, y difíciles, y a aquellos donde aún no llega el Evangelio, con tal de que Cristo y su Madre sean conocidos y amados. por ello nos preparamos para dar respuesta a tan exigente necesidad con una voluntad firme y determinada a sufrirlo todo por Cristo en la misión, con tal de ganarlos a todos para Él  porque «¡el Evangelio de Jesús debe conquistar el mundo!».

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